— Taberna vieja no necesita rama.
— Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el barrocho por ella.
Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la proposicion de su tio.
— Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!
— Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces aciguatado.
— Señor, dispénseme Vd., por Dios.
— Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.
Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas, que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor. Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida, al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra, en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:
— Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo... ¡y yo estoy resignada!
— Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, á tu casa, y puedes mandar como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele el molino.