Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al dolor como á un enemigo.

Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:

— ¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía; pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida, desaprenderás el llanto.

Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.

CAPITULO II.

Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con todo el calor de su amante corazon.

— ¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo que se hacia, casándose con esta malva-rosita. (D. Martin, que á todo el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.

— ¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase tan pronto.

— ¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.

— ¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.