Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.

Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad de garganta.

Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada, el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines, dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.

— ¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su convento.

¡Oh! si el sol, luna y estrellas,
Como son astros lucidos,
Fuesen lenguas que alabasen
Tu nombre santo y divino!

Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente; cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la serena atmósfera que Dios le envía.

Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.

Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:

— ¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!

La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le respondió: