— ¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. — Mas en la especie de sonrisa amarga que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»

Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.

— D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia preguntarle:

— ¿Qué deseas, malva-rosita?

— Nada, — respondia con una sonrisa de alma y de corazon Clemencia; — nada, sino el que no varíe mi suerte.

Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.

La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba, cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le habia causado la mas viva é infantil alegría.

Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en un cajon de su papelera.

En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era siempre una alhaja de gran valor.

Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que le gustaban á ella.