Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad. Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber, tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.
No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas, dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el espíritu y no la letra. — Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que, como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto, una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.
Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto que el saber está al alcance de todos, y no es una prerogativa sino una ventaja, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre hallarán otro que sepa mas que ellos.
Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad, pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no con desden, es la gran sabiduría de la mujer.
La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y para tí misma.
Lo que aprendas, líbrete Dios de lucirlo; pues harias de un bálsamo un veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.
Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo, y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que justicia.
No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues es el desprecio crímen de lesa humanidad.
Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas; pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad que no crea envidiosos.
Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros como amigos apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia, prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte ni apasionarte como amantes.