Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que de continuo asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo, que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera, habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo el saber humano.
— ¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.
— Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si pones en práctica las que deseo inculcarte.
De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto, cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia; haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.
Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio, empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y constancia propias de su genio.
Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.
Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á Clemencia:
— Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten presente que boca brozosa cria mujer hermosa.
Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia: ¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda, díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.
En cuanto á Pablo, solia decirle: