Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació, pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.
Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy niña, y faltábale esperiencia para conocer lo que valia su primo, y se reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.
Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud, florecia cual una lozana y alegre primavera.
Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo que es y de lo que puede.
A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio, que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.
— ¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente, llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.
— Entepá, dijo la gentilla por decir gente de paz.
— Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves, dá á esa entepá media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo estafermo montaraz.
No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las de su casta.
— ¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.