—Está pescando—respondió ella, fingiendo no entender el verdadero sentido de la pregunta.

El duque entró en seguida en una larga explicación de todas las ventajas a que podría conducir aquella admirable habilidad, que le labraría un trono y un caudal.

María lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de aquella fisonomía sucesivamente fría y entusiasmada, helada y enérgica.

Cuando el duque se despidió, María habló al oído a Stein y le dijo con la mayor precipitación:

—Nos iremos; nos iremos. ¡Y qué! ¿La suerte me llama y me brinda coronas, y yo me haría sorda? ¡No, no!

Stein siguió tristemente al duque.

Cuando entraron en el convento, la tía María preguntó a este, que trataba con mucha bondad a su enfermera, ¿qué tal le había parecido su querida María?

—¿No es verdad—preguntó—que Marisalada es una linda criatura?

—Ciertamente—respondió el duque—. Sus ojos son de aquellos que sólo puede mirar frente a frente un águila, según la expresión de un poeta.

—¿Y su gracia?—prosiguió la buena anciana—, ¿y su voz?