—En cuanto a su voz—dijo el duque—, es demasiado buena para perderse en estas soledades. Bastante tenéis vosotros con vuestros ruiseñores y jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.
Un rayo que hubiese caído a los pies de la tía María no la habría aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.
—¿Y quieren ellos?—exclamó asustada.
—Es preciso que quieran—respondió el duque, entrando en su departamento.
La tía María quedó consternada y confusa por algunos momentos. En seguida fue a buscar al hermano Gabriel.
—¡Se van!—le dijo bañada en lágrimas.
—¡Gracias a Dios!—repuso el hermano—. Bastante han echado a perder las losas de mármol de la celda prioral. ¿Qué dirá su reverencia cuando vuelva?
—No me ha entendido usted—dijo la tía María, interrumpiéndole—. Quienes se van son don Federico y su mujer.
—¿Que se van?—dijo fray Gabriel—; ¡no puede ser!
—¿Será verdad?—preguntó la tía María a Stein, que venía buscándola.