—¡Qué habías tú de ser liberal!—dijo con voz estridente el general.
—¿Y por qué no había de serlo, señor? El duque también lo es.
—¡Qué habías de ser liberal!—tornó a decir el veterano en tono fuerte y recalcado, como un redoble de tambor.
—Vamos—murmuró Rafael—; mi tío, por lo visto, no consiente en que sean liberales sino las artes que llevan esa denominación. Señor—añadió dirigiéndose a su tío, al que hallaba su sobrino un sabroso placer en hacer rabiar—. ¿Por qué no puede ser el duque liberal? ¿Quién se lo puede estorbar si se le antoja ser liberal? ¿Se pondrá más feo por ser liberal? ¿Por qué no podemos ser liberales, señor, por qué?
—Porque el militar—contestó el general—no es ni debe ser otra cosa que el sostén del trono, el mantenedor del orden y el defensor de su Patria. ¿Estás, sobrino?
—Pero tío...
—Rafael—le interrumpió la condesa—, no te metas en honduras y prosigue tu relación.
—Obedezco; ¡ah prima!, en el ejército que estuviese a tus órdenes, no se vería jamás una falta de subordinación. Otro extranjero tenemos en Sevilla, un tal sir John Burnwood. Es un joven de cincuenta años; hermosote, sonrosado, con grandes melenas, como león genuino del Atlas; lente inamovible, sonrisa ídem, apretones de manos a diestro y siniestro; gran parlanchín, bulle—bulle, turbulento para echarla de vivo; como aquel alemán, que con el mismo objeto se tiró por la ventana; gran amigo de apuestas; célebre sportman; poseedor de vastas minas de carbón de piedra, que le producen veinte mil libras de renta.
—¿Supongo—dijo el general—que serán veinte mil libras de carbón de piedra?
—Mi tío—dijo Rafael—es como los bolsistas, que suben y bajan las rentas a su albedrío. Sir John apostó que subiría a la Giralda a caballo, y ese es el gran objeto que le trae a Sevilla. Es verdad que uno de nuestros antiguos reyes lo hizo; pero el pobre caballo en que subió, no pudo bajar y se quedó, como el sepulcro de Mahoma, suspenso entre el cielo y la tierra; fue preciso matarlo en su elevado puesto. Sir John está desesperado porque no le permiten gozar de este monárquico pasatiempo. Ahora quiere, a ejemplo de lord Elguin y del barón Taylor, comprar el Alcázar y llevárselo a su hacienda señorial, piedra por piedra, sin omitir las que, según dicen, están manchadas para siempre con la sangre de don Fadrique, a quien mandó dar muerte su hermano el rey don Pedro, hace quinientos años.