—No hay cosa—dijo el general—de que no sean capaces esos sires, ni idea, por descabellada que sea, que no se les ocurra.

—Hay más—continuó Rafael—. El otro día me preguntó si podría yo obtener del Cabildo de la Catedral que vendiese las llaves doradas que el rey moro presentó en una fuente de plata a San Fernando cuando conquistó a Sevilla, y la copa de ágata en que solía beber el gran rey.

El general dio tal porrazo sobre la mesa, que uno de los candeleros vino al suelo.

—Mi general—dijo el duque—, ¿no echáis de ver que Rafael está recargando los colores de sus cuadros y que son puras extravagancias todo lo que está diciendo?

—No hay extravagancia—repuso el general—que sea improbable en los ingleses.

—Pues aún falta lo mejor—continuó Rafael fijando sus miradas en una linda joven, que estaba al lado de la marquesa, viéndola jugar—. Sir John está enamorado perdido de mi prima Rita y la ha pedido. Rita, que no sabe absolutamente cómo se pronuncia el monosílabo sí, le ha dado un no, pelado y recio como un cañonazo.

—¿Es posible, Ritita—dijo el duque—, que hayáis rehusado veinte mil libras de renta?

—No he rehusado la renta—contestó la joven con soltura, sin dejar de mirar el juego—; lo que he rehusado ha sido al que la posee.

—Ha hecho bien—dijo el general—: cada cual debe casarse en su país. Este es el modo de no exponerse a tomar gato por liebre.

—Bien hecho—añadió la marquesa—. ¡Un protestante! Dios nos libre.