—Dice—prosiguió Rafael—que manejáis el abanico con una gracia incomparable.

—¡Qué calumnia!—dijo Eloísa—. Ya no lo usamos las elegantas.

—Dice que esos piececitos tan monos, tan breves, tan lindos, están pidiendo a gritos medias y zapatos de seda, en lugar de esas horrendas botas, borceguíes, brodequines o llámense comoquiera.

—Eso es insultamos—exclamó Eloísa—; es querer que retrogrademos medio siglo, como dice muy bien la ilustrada prensa madrileña.

—Que los ojos negros de las españolas son los más hermosos del mundo.

—¡Qué vulgaridad! Esos son ojos de las gentes del pueblo, de cocineras y cigarreras.

—Que el modo de andar de las españolas tan ligero, tan gracioso, tan sandunguero, es lo más encantador que pueda imaginarse.

—Pero ¿no conoce ese señor que nos mira como parias—dijo Eloísa—, y que estamos haciendo todo lo posible para enmendarnos y andar como se debe?

—Lo mejor será que le convirtáis—dijo Rafael.—Voy a presentárosle.

Arias echó a correr pensando: «Eloísa tiene blando el corazón y la echa de romántica: es pintiparada para el mayor, que anda a caza de estos avechuchos.»