Entre tanto, la condesa preguntaba al duque si era bonita la Filomena de Villamar.

—No es ni bonita ni fea—respondió—. Es morena, y sus facciones no pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos que se ven por dondequiera en nuestro país.

—Una vez que su voz es tan extraordinaria—dijo la condesa, por honor de Sevilla—, es preciso que hagamos de ella una eminente prima donna. ¿No podremos oírla?

—Cuando queráis—respondió el duque—. La traeré aquí una noche de estas, con su marido, que es un excelente músico y ha sido su maestro.

En esto llegó la hora de retirarse.

Cuando el duque se acercó a la condesa para despedirse, esta levantó el dedo con aire de amenaza.

—¿Qué significa eso?—preguntó el duque.

—Nada, nada—contestó ella—; esto significa ¡cuidado!

—¿Cuidado? ¿De qué?

—¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír.