—Me ponéis en ascuas, condesa.

—Tanto mejor.

—¿Queréis, por Dios, explicaros?

—Lo haré, ya que me obligáis. Cuando he dicho cuidado, he querido decir ¡cuidado con echarse una cadena encima!

—¡Ah!, condesa—repuso el duque con calor—, por Dios, que no venga una injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ángel.

—Eso por supuesto—dijo la condesa—. Nadie se enamora de diablos.

—Y sin embargo, tenéis mil adoradores—repuso sonriendo el duque.

—Pues no soy diablo—dijo la condesa—; pero soy zahorí.

—El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.

—Os aplazo para dentro de aquí a seis meses, invulnerable Aquiles—repuso la condesa.