—Callad por Dios, condesa—exclamó el duque—; lo que en vuestra bella boca es una chanza ligera, en las bocas de víboras que pululan en la sociedad, sería una mortal ponzoña.
—No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra. Soy indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno ni lo otro.
Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a la puerta le detuvo el general Santa María.
—Duque—le dijo—, ¿habéis visto cosa semejante?
—¿Qué cosa?—preguntó escamado el duque.
—¡Qué cosa, preguntáis!
—Sí, lo pregunto y deseo respuesta.
—¡Un coronel de veintitrés años!
—En efecto, es algo prematuro—contestó el duque sonriéndose.
—Es un bofetón al Ejército.