—Es—opinó la marquesa—porque solemos tener todas las aficiones propias de nuestra edad.
—Es—dijo Rita—porque cada uno hace lo que le da la gana.
—Es—observó la condesa—porque nuestro hermoso cielo derrama el bienestar en nuestro ánimo.
—Yo creo—dijo Stein—que es por todo eso y además por el carácter nacional. El español pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una naranja y un rayo de sol, está en armonía con el patricio que se contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto moral de sí mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su situación.
—Decís, don Federico—observó la marquesa—, que en España cada cual está satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. ¡Ah doctor! ¡Cuánto siento decir que ya no somos en esa parte lo que éramos! Mi hermano dice que en la jerigonza del día hay una palabra inventada por el genio del mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de la sociedad y que ha ocasionado más desventuras a la especie humana que todo el despotismo del mundo.
—¿Y cuál es esa palabra—preguntó Rafael—, para que yo le corte las orejas?
—Esa palabra—dijo la marquesa suspirando—es la noble ambición.
—Señora—dijo Rafael—, es que a la ambición le ha entrado la manía general de nobleza.
—Tía—exclamó Rita—, si nos metemos en la política, y os ponéis a repetir las sentencias de mi tío, os advierto que don Federico va a caer en esa quisicosa alemana, Rafael en el spleen inglés y Gracia y yo en el ennui francés.
—¡Desvergonzada!—dijo su tía.