—Para evitar tamaña desgracia—dijo Rafael—hago la moción de que compongamos entre todos una novela.
—¡Apoyado, apoyado!—gritó la condesa.
—¡Tal destino!—dijo su madre—. ¿Queréis escribir algún primor, como esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los franceses?
—¿Y por qué no?—preguntó Rafael.
—Porque nadie la leerá—respondió la marquesa—, a menos de anunciarla como francesa.
—¿Qué nos importa?—continuó Rafael—. Escribiremos como cantan los pájaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.
—Hacedme el favor, a lo menos—prosiguió la marquesa—, de no sacar a la colada seducciones ni adulterios. Pues ¡es bueno hacer a las mujeres interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayáis tampoco, según el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuño, a profanar los textos sagrados de la Escritura. ¿Hay cosa más escandalosa que ver en un papelito bruñido y debajo de una estampita deshonesta las palabras mismas de nuestro Señor, tales como: «mucho le será perdonado, porque amó mucho», o aquellas otras: «el que se crea sin culpa, tírele la primera piedra?» ¡Y todo ello para justificar los vicios! ¡Eso es una profanación! ¿No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas palabras de misericordia recaían sobre las ansias del arrepentimiento y los merecimientos de la penitencia?
—¡Cáspita!—dijo Rafael—, ¡qué trozo de elocuencia! Tía está inspirada, iluminada; votaré por su candidatura a diputado a Cortes.
—Tampoco vayáis—continuó la marquesa—a introducir el espantoso suicidio, que no se ha conocido por acá, hasta ahora, que han logrado entibiar, sino desterrar la religión. Nada de esas cosas nos pegan a nosotros.
—Tiene usted razón—dijo la condesa—; no hemos de pintar a los españoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.