—Pero con las restricciones que exige mi señora marquesa—dijo Stein—, ¿qué desenlace romancesco puede tener una novela que estribe, como generalmente sucede, en una pasión desgraciada?

—El tiempo—contestó la marquesa—; el tiempo, que da fin de todo, por más que digan los novelistas, que sueñan en lugar de observar.

—Tía—dijo Rafael—, lo que estáis diciendo es tan prosaico como el gazpacho.

—¿Te matarás si me caso con Luis?—le preguntó Rita.

—¡Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, ¡yo mi propio Herodes! ¡Dios me libre, bella ingrata!—contestó Rafael—. Viviré para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al monte con su compadre Lucifer, en su reino.

—No hagáis ostentación en vuestra novela—prosiguió la marquesa—de frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabéis vuestra lengua, ahí está el diccionario.

—Bien dicho—repitió Rafael—; no daremos cuartel a las esbeltas, a las notabilidades ni a los dandys; perversos intrusos, parásitos venenosos y peligrosos emisarios de la revolución.

—Más verdad dices de la que piensas—repuso la marquesa.

—Pero madre—dijo la condesa—; a fuerza de restricciones, nos pondréis en el caso de hacer una insulsez.

—Me fío de tu buen gusto—respondió la marquesa—, y en lo que es capaz de discurrir e inventar Rafael, para que así no sea. Otra advertencia. Si nombráis a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que están hoy de moda, Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo y otros de este jaez.