—¡Cómo, señora tía!—exclamó Rafael—, ¿negáis a Dios sus poderes y sus prerrogativas?
—No por cierto—respondió la marquesa—; pero en el nombre Dios se encierra todo. Buscar otros más altisonantes es lo mismo que platear el oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aquí se hace de tejas abajo, quitando al poder el título de rey para llamarlo presidente, primer cónsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del todo su rebeldía, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.
—Pero tía, no podréis negar—observó Rafael—que es más respetuoso y aun más sumiso.
—Anda a paseo, Rafael—contestó con impaciencia la marquesa. Siempre me contradices, no por convicción, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios el nombre que se dio él mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.
—Tenéis razón, madre—dijo la condesa—. Dejémonos de flaquezas, de lágrimas y de crímenes, y de términos retumbantes. Hagamos algo bueno, elegante y alegre.
—Pero Gracia—dijo Rafael—, es menester confesar que no hay nada tan insípido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos que me pongo a escribir la biografía de mi tía. Diré que fue una joven excelente; que se casó a gusto de sus padres, con un hombre que le convenía y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que estar un poco templada a la antigua y tener demasiada afición al tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester convenir que es muy sosito para una novela.
—¿Y de dónde has sacado—preguntó la marquesa—que yo aspiro a ser modelo de heroína de novela? ¡Tal dislate!
—Entonces—dijo Stein—, escribid una novela fantástica.
—De ningún modo—dijo Rafael—; eso es bueno para vosotros, los alemanes; no para nosotros. Una novela fantástica española sería una afectación insoportable.
—Pues bien—continuó Stein—: una novela heroica o lúgubre.