—¡Dios nos libre y nos defienda!—exclamó Rafael—. Eso es bueno para Polo.

—Una novela sentimental.

—Sólo de oírlo—prosiguió Rafael—me horripilo. No hay género que menos convenga a la índole española que el llorón. El sentimentalismo es tan opuesto a nuestro carácter, como la jerga sentimental al habla de Castilla.

—Pues entonces—dijo la condesa—, ¿qué es lo que vamos a hacer?

—Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como nosotros.

—Sea, pues; una novela de costumbres—repuso la condesa.

—Es la novela por excelencia—continuó Rafael—, útil y agradable. Cada nación debería escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con verdadero espíritu de observación, ayudarían mucho para el estudio de la humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de las localidades y de las épocas. Si yo fuera la reina, mandaría escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar.

—Sería, por cierto, una nueva especie de geografía—dijo Stein riéndose—. ¿Y los escritores?

—No faltarían si se buscaran—respondió Rafael—, como nunca faltan hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La prueba es que aquí estoy yo, y ahora mismo vais a oír una novela compuesta por mí, que participará de ambos géneros.

—Así saldrá ella—dijo la marquesa—. Don Federico, ya veréis algo parecido a Bertoldo.