—Estoy furioso—dijo el general.
—¿Qué tenéis, tío?—le preguntó la condesa, colorada como un tomate.
Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para sofocar la risa.
La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.
—Esto es peor que burlarse de la gente—continuó el general con voz temblona—: ¡es un insulto!
—Tío—dijo la condesa suavizando la voz lo más posible—, cuando no hay mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de reír...
—¡Gana de reír!—interrumpió el general—: ¡reírse de mí!, ¡reírse de mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy a presentar mi queja a la policía.
—¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?—exclamó la marquesa.
—Si salgo con bien de esta—dijo Rafael a Rita—, hago voto a San Juan el Silenciario de imitarle durante un año y un día.
—Mi querido León—prosiguió la marquesa—, por Dios te ruego que no des tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta. ¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.