—¿Qué estás hablando de quejas de familia?—replicó el general volviéndose hacia su hermana—. ¿Qué tiene que ver la familia con las insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a la gente del país?

Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los tonos más sonoros de su voz:

—¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?

—¿Lo que ha hecho?—contestó el general—. Voy a decírtelo. Sabéis que, por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!

—Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento—dijo Rafael.

—Además de eso—continuó el general—, lo hace malísimamente y el soplo de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las noches que nos hace pasar.

Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada indignada.

—¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos, reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.

Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había entrado, con dirección a la policía.

Rita se desternillaba de risa.