—¡Válgame Dios, Rita!—dijo la marquesa, que no estaba para fiestas—. Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no reírse de ella.

—Tía—contestó la joven—, bien sé lo que el caso merece; pero aunque estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad vuestro resuello para tocar la trompa.

—Mejor harías—dijo Rafael—en imitar a las señoritas extranjeras, que se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las buenas noches.

—Eso sería mejor—contestó Rita—; pero yo prefiero hacer lo peor.

—A todo esto—dijo Stein con su perseverancia alemana—, me habíais prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.

—Será para otro día—respondió Rafael—. He aquí a mi general en jefe—añadió sacando el reloj—: son las tres menos cuarto y a las tres estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.

Capítulo XX

Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.

—Prima—dijo—, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.

—¡Jesús!—replicó la condesa—. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?