—¿Y por qué, hijo?

—Es que me acordaba de aquel que iba a la feria, y a quien daban encargos todos sus vecinos. Tráeme un sombrero; tráeme un par de polainas; una prima quería un peine; una tía, chocolate; y a todo esto, nadie le daba un cuarto. Cuando estaba ya montado en la mula, llegó un chiquillo y le dijo: «Aquí tengo dos cuartos para un pito, ¿me lo quiere usted traer?» Y diciendo y haciendo, le puso las monedas en la mano. El hombre se inclinó, tomó el dinero y le respondió: «¡Tú pitarás!» Y, en efecto, volvió de la feria, y de todos los encargos no trajo más que el pito.

—¡Pues está bueno!—repuso la madre—: ¿para quién me paso yo hilando los días y las noches? ¿No es para ti y para tus hijos? ¿Quieres que sea como el sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo?

En este momento se presentó Momo a la puerta de la cocina. Era bajo de cuerpo y rechoncho, alto de hombros, y además tenía la mala maña de subirlos más, con un gesto de desprecio y de qué se me da a mí, hasta tocar con ellos sus enormes orejas, anchas como abanicos. Tenía la cabeza abultada, el cabello corto, los labios gruesos. Era además chato y horriblemente bizco.

—Padre—dijo con un gesto de malicia—, en el cuarto del hermano Gabriel hay un hombre acostado.

—¡Un hombre en mi casa!—gritó Manuel saltando de la silla—. Dolores, ¿qué es esto?

—Manuel, es un pobre enfermo. Tu madre ha querido recogerlo. Yo me opuse a ello, pero su merced quiso. ¿Qué había yo de hacer?

—¡Bueno está!, pero, aunque sea mi madre, no por eso ha de tener en casa al primero que se presenta.

—No; sino dejarle morir a la puerta, como si fuera un perro—dijo la anciana—. ¿No es eso?

—Pero madre—repuso Manuel—, ¿es mi casa algún hospital?