—No; pero es la casa de un cristiano; y si hubieras estado aquí, hubieras hecho lo mismo que yo.
—Que no—respondió Manuel—; le habría puesto encima de la burra, y le habría llevado al lugar, ya que se acabaron los conventos.
—Aquí no teníamos burra ni alma viviente que pudiera hacerse cargo de ese infeliz.
—¡Y si es un ladrón!
—Quien se está muriendo, no roba.
—Y si le da una enfermedad larga, ¿quién la costea?
—Ya han matado una gallina para el caldo—dijo Momo—; yo he visto las plumas en el corral.
—¿Madre, ha perdido usted el sentido?—exclamó Manuel colérico.
—Basta, basta—dijo la madre con voz severa y dignidad—. Caérsete debía la cara de vergüenza de haberte incomodado con tu madre, sólo por haber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu padre viviera, no podría creer que su hijo cerraba la puerta a un infeliz que llegase a ella muriéndose y sin amparo.
Manuel bajó la cabeza, y hubo un rato de silencio general.