—Aquí tienes, querida Gracia—dijo Eloísa entrando y abrazando a la condesa—, el Viaje de Dumas por el sur de Francia.
La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al lector, que nos dará gracias por ello.
—¡Pobre Dumas!—dijo la condesa al coronel.
—¡Pobre!—exclamó el coronel—. ¿Pobre llamáis al que es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque algunas veces le critican?
—¿Porque le critican?—respondió la condesa—; no por cierto; yo me tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al público, le da ese derecho. No digo pobre al oírle criticar; lo digo al oír algunos elogios que de él hacen.
—¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.
—No podré explicarme bien—dijo la condesa—sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?
—Sin duda—respondió el coronel riéndose—, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:
Si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!
Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.—Lo sentiría mucho—dijo la condesa—. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!