—Condesa—dijo el coronel—, si alguna vez viene Dumas a España, me obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que tenéis de juzgar sus obras.

—¿No tendríais gusto en conocerle?

—En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de gran mérito.

—¿Y por qué, condesa?

—Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder, por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

—¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus ficciones?

—No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo había escrito con la cabeza y no con el corazón.

—¡Cómo escriben esos franceses!—decía entre tanto Eloísa, resumiendo el mencionado certamen literario.

—¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?—repuso Polo.