—Pero señorita—dijo el general—, ¿por qué no leéis libros españoles?
—Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez chabacana—respondió Eloísa—. Estamos en todos los ramos y conceptos en un atraso deplorable.
—¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable país—añadió Polo algo picado—, si no estamos a la altura de nada y sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos en él?
—A no ser—dijo Eloísa, con remilgada sonrisa—que celebréis con los alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con los ingleses, el vino de Jerez.
—¡Ah! Eloisita—exclamó entusiasmado Polo—, ese chiste es tan espiritual, que si no es francés, merece serlo.
En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho francés.
Afortunadamente acababan de dar un codillo al general, lo que hizo que no oyese este precioso diálogo.
En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa, la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse, según el uso español.
El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y, aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.
El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes, distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete. Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón, sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban sus casas con cal.