—El mayor—dijo Rafael—anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

—Serán delicadas de gusto—repuso el príncipe—, pues el mayor tiene una hermosa figura.

—No digo que no—dijo Rafael—; es el más bello Sansón del mundo; pero, en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima (gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio). Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y el bolero, las conquistas amorosas; y muchas veces se llevan chasco. ¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

—La señora—dijo, hablando con la marquesa—es la madre...

—De mi hija, sí, señor—respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

—Barón—dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego—, ¿sois aficionado a la música?

—Sí, señora—respondió el barón—. La admiro y la venero; es decir, la música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

—¿Qué está diciendo?—preguntó el general a Rafael, que se había acercado para saludar a Rita—¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y de contradanzas.