Entre tanto, María no descubrió el menor síntoma de cortedad ni de encogimiento en presencia de una reunión tan numerosa y tan lucida; ni se desmintieron un solo instante su inalterable calma y aplomo. Con la ojeada investigadora y penetrante, con la comprensión viva y con el tino exacto de las españolas, diez minutos le bastaron para observar y juzgarlo todo.

«Ya estoy—decía en sus adentros y dándose cuenta de sus observaciones—. La condesa es buena y desea que me luzca. Las jóvenes elegantes se burlan de mí y de mi compostura, que debe ser espantosa. Para los extranjeros, que me están echando el lente con desdén, soy una Doña Simplicia de aldea; para los viejos, soy cero. Los otros se quedan neutrales, tanto por consideración al duque que es mi patrón, y lo entiende, como para lanzarse después a la alabanza o la censura, según la opinión se pronuncie en pro o en contra.»

Durante todo este tiempo, la buena y amable condesa, hacía cuantos esfuerzos le eran posibles para ligar conversación con María; pero el laconismo de sus respuestas frustraba sus buenas intenciones.

—¿Os gusta mucho Sevilla?—le preguntó la condesa.

—Bastante—respondió María.

—¿Y qué os parece la catedral?

—Demasiado grande.

—¿Y nuestros hermosos paseos?

—Demasiado chicos.

—Entonces, ¿qué es lo que más os ha gustado?