—Los toros.
Aquí se paró la conversación.
Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:
—¿Me permitís que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?
—Cuando gustéis—respondió María.
Stein se sentó al piano. María se puso en pie a su lado, habiéndola llevado por la mano el duque.
—¿Tiemblas, María?—le preguntó Stein.
—¿Y por qué he de temblar yo?—contestó María.
Todos callaron.
Observábanse diversas impresiones en las fisonomías de los concurrentes. En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un interés bondadoso; en las mesas de juego, o, como decía Rafael, en la cámara alta, la más completa indiferencia.