El príncipe se sonreía con desdén.

El mayor abría los ojos, como si pudiera oír por ellos.

El barón cerraba los suyos.

El coronel bostezaba.

Sir John se aprovechó de aquel intervalo para quitarse el lente y frotarlo con el pañuelo.

Rafael se escapó al jardín para echar un cigarro.

Stein tocó sin floreos ni afectación el ritornelo de Casta Diva. Pero apenas se alzó la voz de María, pura, tranquila, suave y poderosa, cuando pareció que la vara de un conjurador había tocado a todos los concurrentes. En todos los rostros se pintó y se fijó una expresión de admiración y de sorpresa.

El príncipe lanzó involuntariamente una exclamación.

Cuando acabó de cantar, una borrasca de aplausos estalló unánimemente en toda la tertulia. La condesa dio el ejemplo, palmoteando con sus delicadas manos.

—¡Válgame Dios!—exclamó el general, tapándose los oídos—. No parece sino que estamos en la plaza de toros.