—Déjalos, León—dijo la marquesa—; déjalos que se diviertan. Peor fuera que estuvieran murmurando del prójimo.
Stein hacía cortesías hacia todos lados. María volvió a su asiento, tan fría, tan impasible como de él se había levantado.
Cantó después unas variaciones verdaderamente diabólicas, en que la melodía quedaba oscurecida en medio de una intrincada y difícil complicación de floreos, trinos y volatas. Las desempeñó con admirable facilidad, sin esfuerzo, sin violencia, y causando cada vez más admiración.
—Condesa—dijo el duque—, el príncipe desea oír algunas canciones españolas, que le han celebrado mucho. María sobresale en este género. ¿Queréis proporcionarle una guitarra?
—Con mucho gusto—respondió la condesa.
Al punto fue satisfecho su deseo.
Rafael se había colocado junto a Rita, habiendo instalado al mayor al lado de Eloísa. Esta procuraba persuadir al inglés de que las españolas se iban poniendo al nivel de las extranjeras, en cuanto a tierna afectación y artificio, porque ya se sabe que los que imitan servilmente, lo que copian siempre mejor son los defectos.
—¡Qué ojos tiene!—decía Rafael a su prima—. ¡Qué bien guarnecidos de grandes y negras pestañas! Tienen el color y el atractivo del imán.
—Tú sí que eres un imán para los extranjeros—respondió Rita—. ¿Por qué has colocado al mayor cerca de Eloísa? Escucha las simplezas que le está diciendo. Te advierto, primo, que vas adquiriendo la facha y el garbo de un Diccionario.
—¡Dale y más dale!—exclamó Rafael, descargando un golpe a puño cerrado en el brazo del sillón—. No se trata de eso, Rita; se trata del amor que te tengo y que durará eternamente. Ningún hombre ama en toda su vida más que a una mujer, en efectivo. Las otras se aman en papel.