—Ya lo sé—dijo Rita—. Bastantes veces me lo ha repetido Luis. Pero ¿sabes lo que digo? Que te vas volviendo un cansadísimo reloj de repetición.
—¿Qué significa esto?—gritó Eloísa, viendo que traían la guitarra.
—Parece que vamos a tener canciones españolas—dijo Rita—, y me alegro infinito. Esas sí que animan y divierten.
—¡Canciones españolas!—clamó Eloísa, indignada—. ¡Qué horror! Eso es bueno para el pueblo; no para una sociedad de buen tono. ¿En qué está pensando Gracia? Ved por qué los extranjeros dicen con tanta razón que estamos atrasados: porque no queremos amoldar nuestros modales y nuestras aficiones a las suyas; porque nos hemos empestillado en comer a las tres y no queremos persuadirnos, que todo lo español es ganso a nativitate.
—Pero—dijo el mayor en mal español—, creo que hacen muy bien, indeed, en ser lo que son.
—Si es esto un cumplimiento—respondió enfáticamente Eloísa—, es tan exagerado que más bien parece burla.
—Ese señor italiano—dijo Rita—es el que ha pedido canciones españolas. Es aficionado y lo entiende; conque es prueba de que merecen ser oídas.
—Eloísa—añadió Rafael—, las barcarolas, las tirolesas, el ranz des vaches, son canciones populares de otros países. ¿Por qué no han de tener nuestras boleras y otras tonadas del país el privilegio de entrar en la sociedad de la gente decente?
—Porque son más vulgares—contestó Eloísa.
Rafael se encogió de hombros; Rita soltó una de sus carcajadas; el mayor se quedó en ayunas.