Eloísa se levantó, pretextó una jaqueca y se salió acompañada de su madre, a quien iba diciendo:

—Sépase a lo menos que hay señoritas en España bastante finas y delicadas para huir de semejantes chocarrerías.

—¡Qué desgraciado será el Abelardo de esa Eloísa!—dijo Rafael al verla salir.

María, además de su hermosa voz y de su excelente método, tenía, como hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero, sino después de una larga residencia en España y sólo identificándose, por decirlo así, con la índole nacional. En esta música, así como en los bailes, hay una abundancia de inspiración, un atractivo tan poderoso, tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos, muestras de despego y atracción; una cierta cosa que se entiende y no se explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al compás, tan arrullado, si es lícito decirlo así, por la voz en el canto y por los movimientos en el baile; la exaltación y la languidez se suceden tan rápidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.

Así es que, cuando María tomó la guitarra y se puso a cantar:

Si me pierdo, que me busquen
al lado del Mediodía,
Donde nacen las morenas,
y donde la sal se cría,

la admiración se convirtió en entusiasmo. La gente joven llevaba el compás con palmadas, repitiendo bien, bien, como para animar a la cantaora. Los naipes se cayeron de las manos de los formales jugadores; el mayor quiso imitar el ejemplo general, y se puso también a palmotear sin ton ni son. Sir John afirmó que aquello era mejor que el God save the Queen. Pero el gran triunfo de la música nacional fue que el entrecejo del general se desarrugó.

—¿Te acuerdas, hermano—le preguntó la marquesa sonriéndose—, cuando cantábamos el zorongo y el trípoli?

—¿Qué cosas son zorongo y trípoli?—preguntó el barón a Rafael.

—Son—respondió—los progenitores del sereni, de la cachucha, y abuelos de la jaca de terciopelo, del vito y de otras canciones del día.