—No lo sé—contestó Rita—. Quizá será porque habrán crucificado en ella a algún negro.
—Sin duda así es—dijo el barón—; sería en tiempo de la Inquisición.—Y murmuró en voz baja: «¡Qué país!, ¡qué religión!»—. Pero ¿podréis decirme—añadió con aquella insoportable ironía, con aquella insolencia de que hacen uso los incrédulos, con los que creen y están de buena fe—, podréis decirme por qué está colgado del techo un cocodrilo, en aquel corredor de la catedral, cerca del patio de los Naranjos, entrando por la puerta a la derecha de la Giralda? ¿Sirve también la catedral de museo de historia natural?
—¿Aquel gran lagarto?—dijo Rita—. Está allí porque lo cogieron sobre la bóveda del techo de la iglesia.
—¡Ah!—exclamó el barón, riéndose—. Todo es gigantesco en esta catedral; ¡hasta los lagartos!
—Esa es una vulgaridad propagada en el pueblo—dijo la condesa, mientras que Rita, sin oír las palabras del barón, había ido a ocupar su acostumbrado asiento—. Ese cocodrilo fue presentado al rey don Alfonso el Sabio, por la famosa embajada que le envió el soldán de Egipto. También están colgados de la misma bóveda un colmillo de elefante, un freno y una vara; y estos objetos, juntamente con el lagarto, representan las cuatro virtudes cardinales. El lagarto es símbolo de la prudencia; la vara, de la justicia; el colmillo del elefante, de la fortaleza; y el freno, de la templanza. Así pues, hace seiscientos años que estos símbolos están a la entrada de aquel grande y noble edificio, como una inscripción que el pueblo comprende, sin saber leer.
El barón sentía mucho no poder adoptar la versión de Rita. La cruel condesa le había privado de un precioso artículo satírico, crítico, humorista, burlesco. ¿Quién sabe si el cocodrilo no habría hecho el papel de un Espíritu Santo, de nueva invención, en el chistoso relato de ese francés, que tenía la ventaja nacional de haber nacido malin (satírico)? Entre tanto la marquesa dijo a Rita:
—¿Por qué has ido a decirle esa tontería del negro crucificado? ¿No habría sido mejor contarle la verdad?
—Pero tía—contestó la joven—, yo no sé por qué esa cruz se llama del Negro; además, ya me tenía seca tanta conversación.
—Entonces—prosiguió la tía—deberías haberle dicho que lo ignorabas; y no inducirle en un error tan craso. Estoy segura de que insertará ese disparatón cuando escriba su Viaje a España.
—¿Y qué importa?—dijo Rita.