—Importa, sobrina—repuso la marquesa—; porque no me gusta que hablen mal de mi patria.
—¡Sí—dijo el general con acritud—, anda a atajar el río cuando se sale de madre! Pero ¿qué extraño es que digan mal del país los extranjeros, si nosotros somos los primeros en denigrarnos? Sin tener presente el refrán de que «ruin es, quien por ruin se tiene».
—Has de saber, Rita—prosiguió la marquesa—, para que de ahora en adelante no des lugar a semejantes errores, que el nombre de esa cruz viene de un negro devoto y piadoso, que en el séptimo siglo, viendo que se atacaba el misterio de la Pura Concepción de la Virgen, se vendió a sí mismo en el sitio en que se hallaba esa cruz, para costear con el dinero de su venta una solemne función de desagravio a la Virgen, por las ofensas que se le hacían. Algo se diferencia este rasgo piadoso y fervoroso de abnegación, de la necedad que has hecho creer al barón.
—Bien puedes también, hermana—dijo el general—, regañar al loco de Rafael, por haber respondido a ese Monsieur le Baron, a una pregunta por el mismo estilo, acerca de la Cruz de los Ladrones, junto a la Cartuja, que se llamaba así porque a ella iban a rezar los ladrones, para que Dios favoreciese sus empresas.
—¿Y el barón se lo ha creído?—preguntó la marquesa.
—Tan de fijo, como yo creo que no es barón—repuso el general.
—Es una picardía—continuó la marquesa, irritada—dar lugar nosotros mismos a que se crean y repitan tales desatinos.
La cruz fue erigida en aquel sitio por un milagro que hizo allí Nuestro Señor; porque en aquellos tiempos, como había fe, había milagros. Unos ladrones habían penetrado en la Cartuja y robado los tesoros de la iglesia. Huyeron espantados, corrieron toda la noche y a la mañana siguiente se encontraron a corta distancia del convento. Entonces viendo claramente el dedo del Señor, se convirtieron; y en memoria de este milagro, erigieron esa cruz, a la que el pueblo ha conservado su nombre. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas a ese calavera.—Rafael, Rafael.
Entre tanto su prima Gracia, sentada en el sofá, le decía:
—Estoy en mis glorias. ¡Qué buenos ratos vamos a pasar!