—No durarán mucho, condesa—dijo el coronel—. Corren voces de que el duque quiere llevarse a Madrid a la nueva Malibrán.

—Y a todo esto—dijo la condesa—, ¿qué nombre de guerra ha tomado? Supongo que no será el de Marisalada; que muy bonito, y con algo de cariñoso, no es bastante grave para una artista de primer orden.

—Quizá continuará bajo el apodo de Gaviota—dijo Rafael—. Un criado del duque ha dicho al mio, que así era como la llamaban en su lugar.

—Puede que adopte el nombre de su marido—observó el coronel.

—¡Qué horror!—exclamó la condesa—; necesita un nombre sonoro.

—Pues bien, que tome el de su padre: Santaló.

—No, señor—dijo la condesa—. Es preciso que acabe en i para que le dé prestigio; mientras más íes, mejor.

—En ese caso—dijo Rafael—, que se nombre Misisipí.

—Consultaremos a Polo—dijo la condesa—. Y a propósito, ¿dónde se ha escabullido nuestro poeta?

—Apuesto cualquier cosa—dijo Rafael—a que a la hora esta se ocupa en confiar al papel las inspiraciones armónicas que ha hecho brotar en su alma la divinidad del día. Mañana sin falta leeremos en El Sevillano una de esas composiciones que, según mi tío, si no es fácil que le lleven al Parnaso, le precipitarán indefectiblemente en el Leteo.