En ese instante fue cuando la marquesa llamó a Rafael.
—Seguro estoy—dijo este a su prima—de que mi tía me hace la honra de llamarme para tener la satisfacción de echarme una peluca. Ya veo despuntar un sermón entre sus labios apretados, una filípica en su nebuloso entrecejo y una reprimenda de a folio, a caballo sobre su amenazante nariz. Pero... ¡qué feliz ocurrencia! Voy a armarme de un broquel.
Diciendo estas palabras, Rafael se levantó, se acercó al barón, a quien el oidor ofrecía a la sazón un polvo de rapé, le dio el brazo y en su compañía se acercó a la mesa del juego. La marquesa se guardó la regañadura para mejor ocasión.
Rita se tapaba la cara con el pañuelo para comprimir la risa. El general golpeaba el suelo con el tacón de las botas, que en él era señal indefectible de impaciencia.
—¿Está incomodado el general?—preguntó el barón.
—Padece ese movimiento nervioso—respondió a media voz Rafael.
—¡Qué desgracia!—exclamó el barón—, eso es un tic douloureux.[29] ¿Y de qué le ha provenido? ¿Algún tendón dañado en la guerra quizá?
—No—contestó Rafael. Ha sido efecto de una fuerte impresión moral.
—Debió ser terrible—observó el barón—. ¿Y qué se la causó?
—Una palabra de vuestro rey Luis XIV.