—¿Qué palabra?—insistió el barón espantado.
—El célebre dicho—contestó Rafael—«ya no hay Pirineos».
Con tanto como se hablaba en las tertulias acerca de la nueva cantatriz, se ignoraba un hecho significativo, que había ocurrido aquella misma noche.
Pepe Vera no había cesado de seguir los pasos de María; y como era favorito del público, le había sido fácil penetrar en lo interior del templo de las Musas, no obstante la enemistad que estas han jurado a las corridas de toros.
María salía a la escena, al ruido de los aplausos, cuando se dio de manos a boca en el vestuario con Pepe Vera y algunos otros jóvenes.
—¡Bendita sea!—dijo el célebre torero, tirando al suelo y extendiendo la capa, para que sirviese de alfombra a María—; ¡bendita sea esa garganta de cristal, capaz de hacer morir de envidia a todos los ruiseñores del mes de mayo!
—Y esos ojos—añadió otro—que hieren a más cristianos que todos los puñales de Albacete.
María pasó tan impávida y desdeñosa como siempre.
—¡Ni siquiera nos mira!—dijo Pepe Vera—. Oiga usted, prenda. Un rey es y mira a un gato. Y cuidado, caballeros, que es buena moza; a pesar de que...
—¿A pesar de qué?—dijo uno de sus compañeros.