El pescador no respondía.

—Tío Pedro—continuó la tía María—, don Modesto ya ha escrito dos cartas, y se han puesto en el correo, que dicen es la manera de que lleguen más presto y con más seguridad.

—¡No vendrá!—murmuró el enfermo.

—Pero vendrá su marido, y por ahora eso es lo que importa—repuso la tía María.

—¡Ella! ¡Ella!—exclamó el pobre padre.

Una hora después de esta conversación, la tía María caminaba de vuelta al convento, sin haber logrado que el huraño y obstinado catalán accediese a trasladarse a él. Cabalgaba la buena anciana en la insigne Golondrina, decana apacible del gremio borrical de la comarca. No hemos averiguado, en vista de lo remoto de la fecha en que fue bautizada, el porqué mereció el nombre de Golondrina, pues nos consta que jamás hizo el menor esfuerzo, no ya para volar, pero ni aun para correr; ni nunca se le notó en otoño la más mínima inclinación a trasladarse a las regiones del África.

Momo, hecho ya un hombrón, sin haber perdido un ápice de su fealdad nativa, iba arreando la burra.

—Oiga usted, madre abuela—dijo—; ¿y van a durar mucho estos paseítos de recreo cotidianos para venir a ver a este lobo marino?

—Por descontado—respondió su abuela—, ya que no se quiere venir al convento. Me temo que se muera si no ve a su hija.

—No me he de morir yo de esa enfermedad—dijo Momo, soltando una carcajada de grueso calibre.