—Mira, hijo—prosiguió la tía María—, yo no me fío mucho del correo, por más que digan que es seguro. Tampoco don Modesto se fía de él; así para que don Federico y Marisalada lleguen a saber lo malo que está el tío Pedro, no queda medio seguro sino el que tú mismo vayas a Madrid a decírselo, porque al fin no podemos estar así, cruzados de brazos, viendo morir a un padre que clama por su hija, sin hacer por traérsela.
—¡Yo!, ¡yo ir a Madrid, y para buscar a la Gaviota!—exclamó Momo horripilado—. ¿Está usted en su juicio, señora?
—Tan en mi juicio y tan en ello, que si tú no quieres ir, iré yo. A Cádiz fui y no me perdí ni me sucedió nada; lo mismo será si voy a Madrid. Parte el corazón oír a ese pobrecito padre clamar por su hija. Pero tú, Momo, tienes malas entrañas; con harta pena lo digo. Yo no sé de dónde las has sacado, pues ni son de la casta de tu padre ni de la de tu madre; pero en cada familia hay un Judas.
«¡Ni al mismísimo demonio que no piensa sino en el modo de condenar a un cristiano—murmuraba Momo—, se le ocurre otra! Y no es eso lo peor, sino que si se le mete a su merced semejante chochera en la cabeza, lo ha de llevar a cabo. ¡Que no me diera un aire, que me dejase baldado de pies y piernas, siquiera por un mes!»
Así pensando, desahogó Momo su coraje, descargando un cruel varazo sobre las ancas de la pobre Golondrina.
—¡Bárbaro!—exclamó la abuela—, ¿a qué la pagas con ese pobre animal?
—¡Toma!—repuso Momo—; para llevar palos ha nacido.
—¿De dónde has sacado semejante herejía?, ¿de dónde, alma de Herodes? Nadie sabe lo que compadezco yo a los pobres animales, que padecen sin quejarse y sin poder valerse; sin consuelo y sin premio.
—La lástima de usted, madre, es como la capa del cielo, que todo lo cobija.
—Sí, hijo, sí; ni permita Dios que vea yo un dolor sin compadecerlo, ni que sea como esos desalmados que oyen un ay como quien oye llover.