—Que diga usted eso, tocante al prójimo, ¡anda con Dios! Pero los animales, ¿qué demonio?...

—¿Y acaso no padecen? ¿Y acaso no son criaturas de Dios? Acá, nosotros, estamos cargados con la maldición y el castigo que mereció el pecado del primer hombre; pero ¿qué pecado cometieron el Adán y Eva de los burros, para que estos pobres animales tengan la vida mortificada? ¡Eso me pasma!

—Se comerían la peladura de la manzana—dijo Momo con una carcajada como un redoble de bombo.

Encontraron entonces a Manuel y a José, que iban de vuelta al convento.

—Madre, ¿cómo está el tío Pedro?—preguntó el primero.

—Mal, hijo, mal. Se me parte el corazón de verle tan malo, tan triste y tan solo. Le dije que se viniese al convento; pero ¡qué!, más fácil era traerse al fuerte de San Cristóbal que no a ese cabezudo. Ni un cañón de a veinticuatro lo menea. Preciso es que el hermano Gabriel se mude allá con él, y también que Momo vaya a Madrid a traerse a su hija y a don Federico.

—Que vaya—dijo Manuel—; así verá mundo.

—¡Yo!—exclamó Momo—, ¿cómo he de ir yo, señor?

—Con un pie tras otro—respondió su padre—; ¿tienes miedo de perderte, o de que te coma el cancón?

—Lo que es que no tengo ganas de ir—replicó Momo, exasperado.