Nicolás se desternillaba de risa; por lo visto, esa indiniá no les coge allá de susto.
Cuando volvimos a entrar, es de presumir el que le habría mandado el general a la Gaviota que se quitase los arrumacos, porque salió toda vestida de blanco que parecía amortajada. Se puso a cantar y sacó una guitarra muy grande que puso en el suelo y tocó con las dos manos (¡qué no es capaz de inventar esa Gaviota!), y ahora viene lo gordo, pues de repente sale un moro.
—¿Un moro?
—¡Pero qué moro!, más negro y más feróstico que el mismísimo Mahoma; con un puñal en la mano, tamaño como un machete. Yo me quedé muerto.
—¡Jesús María!—exclamaron su madre y su abuela.
—Pregunté a Nicolás que quién era aquel Fierabrás, y me respondió que se llamaba Telo. Para acabar presto; el moro le dijo a la Gaviota que la venía a matar.
—Virgen del Carmen—exclamó la tía María—, ¿era acaso el verdugo?
—No sé si era el verdugo ni sé si era un matador pagado—respondió Momo—; lo que sí sé es que la agarró por los cabellos y la dio de puñaladas; lo vi con estos ojos que ha de comer la tierra, y puedo dar testimonio.
Momo apoyaba sus dos dedos, debajo de sus ojos, con tal vigor de expresión, que aparecieron como queriendo salirse de sus órbitas.
Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La tía María sollozaba y se retorcía las manos de dolor.