—¿Por qué no ha de decirse la verdad?—continuó Pepe Vera sin alterarse—¿Por qué no habéis de confesar que no os halláis en estado de cantar? ¿Es pecado por ventura? ¿Sois esclava, para que os arrastren a hacer lo que no podéis?
Entre tanto, el público se impacientaba. El director no sabía qué hacer. La autoridad envió a saber la causa de aquel retardo; y mientras el director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a María, bajo el pretexto de necesitar asistencia, agarrándola por el puño con tanta fuerza que parecía romperle los huesos, y diciéndola con voz ahogada, pero firme:
—¡Caramba! ¿No basta decir que no quiero?
Cuando estuvieron solos en el cuarto que servía de vestuario a María, estalló la cólera de esta.
—Eres un insolente, un infame—exclamó con voz sofocada por la ira—¿Qué derecho tienes para tratarme de esta suerte?
—El quererte—respondió Pepe Vera con flema.
—Maldito sea tu querer—dijo María.
Pepe Vera se echó a reír.
—¡Lo dices eso como si pudieras vivir sin él!—dijo volviendo a reír.
—¡Vete, vete!—exclamó María—, y no vuelvas jamás a ponérteme delante.