—Hasta que me llames.

—¡Yo a ti! Antes llamaría al demonio.

—Eso puedes hacer, que no tendré celos.

—¡Vete, marcha al instante, déjame!

—Concedido—dijo el torero—; de hilo me voy en casa de Lucía del Salto.—María estaba celosísima de aquella mujer, que era una bailarina a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a María.

—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María—, ¡villano! ¡La perfidia después de la insolencia!

—Aquella—dijo Pepe Vera—no hace más que lo que yo quiero. Tú eres demasiado señorona para mí. Conque... si quieres que hagamos buenas migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar tú y no obedecer, ahí tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas y achacosas excelencias.

Dijo y echó a andar hacia la puerta.

—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María, desgarrando su pañuelo entre sus dedos agarrotados.

—Llama al demonio—le respondió irónicamente Pepe Vera.