—¡Pepe! ¡Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la Lucía, me dejo enamorar por el duque.
—¿A que no te atreves?—respondió Pepe, dando algunos pasos atrás.
—¡A todo me atrevo yo por vengarme!
Pepe se quedó plantado delante de María, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.
María sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.
Aquellos amores parecían más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a distinguidos caballeros y a damas elegantes!
En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon recíprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual renunció al triunfo.
—Vamos, Maruja—dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable—. Seamos amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de Lucía; pero en cambio, y para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa, de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por mí mismo de que no me engañas.
—No puede ser—respondió altiva María.
—Pues bien—dijo Pepe—, ya sabes dónde voy en saliendo de aquí.