—¡Infame!—contestó María apretando los puños con rabia—, me pones entre la espada y la pared.

Una hora después de esta escena, María estaba medio recostada en un sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenía en sus manos las de su mujer, observando el estado del pulso.

—No es nada, María—dijo Stein—. No es nada, señor duque: un ataque de nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo, María, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud, y así me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de burra—y dirigiéndose al duque—: mi obligación me fuerza, mal que me pese, a ausentarme, señor duque.

Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se retiró, haciendo al duque un profundo saludo.

El duque, sentado enfrente de María, la miró largo tiempo.

Ella parecía extraordinariamente aburrida.

—¿Estáis cansada, María?—dijo aquel con la suavidad que sólo el amor puede dar a la voz humana.

—Estoy descansando—respondió.

—¿Queréis que me vaya?

—Si os acomoda...