—Al contrario, me disgustaría mucho.

—Pues entonces, quedaos.

—María—dijo el duque después de algunos instantes de silencio y sacando un papel del bolsillo—, cuando no puedo hablaros, canto vuestras alabanzas. He aquí unos versos que he compuesto anoche, porque de noche, María, sueño sin dormir. El sueño ha huido de mis ojos desde que la paz ha huido de mi corazón. Perdón, perdón, María, si estas palabras que rebosan de mi corazón ofenden la inocencia de vuestros sentimientos, tan puros como vuestra voz. También he padecido yo cuando padecíais vos.

—Ya veis—repuso ella bostezando—que no ha sido cosa de cuidado.

—¿Queréis, María—le preguntó el duque—, que os lea los versos?

—Bien—respondió fríamente María.

El duque leyó una linda composición.

—Son muy hermosos—dijo María algo más animada—; ¿van a salir en El Heraldo?

—¿Lo deseáis?—preguntó el duque suspirando.

—Creo que lo merecen—contestó María.