—¡Bien, bien, Pepe!—gritaron los otros comensales—. Ahora le toca cantar a Marisalada. Que cante Marisalada. Nosotros no somos gente de levita ni de paletós; pero tenemos oídos como los tienen ellos; que en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y cruces no saben jalear en francés.
María tomó la guitarra que Pepe Vera le presentó de rodillas, y cantó:
Más quiero un jaleo pobre,
y unos pimientos asados,
que no tener un usía
desaborío a mi lado.
A esta copla respondió un torbellino de aplausos, vivas y requiebros, que hicieron retemblar las vidrieras.
Stein se puso rojo como la grana, menos de indignación que de vergüenza.
—Sobre que ese Pepe Vera nació de pie—dijo uno de sus compañeros.
—¡Tiene más suerte que quiere!
—Como que hoy por hoy, no la cambio por un imperio—repuso el torero.
—¿Pero qué dice a eso el marido?—preguntó un picador, que contaba más años que todos los demás de la cuadrilla.
—¿El marido?—respondió el torero—. No conozco a su mercé sino para servirlo. Pepe Vera no se las aviene sino con toros bravos.